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El Eco en el Cielo
Planeta Tierra. Claro en lo alto de una colina. Noche.
El viento era tenue, pero insistente, como si hablara desde otro siglo.
Elaia estaba sola, en lo alto del acantilado. Había corrido hasta allí, escapando de algo que ni siquiera recordaba; el pecho le oprimía un dolor punzante y se estaba quedando sin aire.
Cerró los ojos desesperadamente, se dejó caer sobre el suelo áspero, pegando las rodillas al pecho, pensando que iba a morir.
Ahogándose, trataba de absorber el aire y, respirando agitadamente, decidió entregarse al momento.
Su respiración cambió de ritmo. El corazón, que antes golpeaba como un tambor de guerra, empezó a aquietarse. Sentía una calidez suave, como una flor luminosa, expandiéndose desde el vientre hasta la cabeza.
En medio de la respiración circular, una imagen le atravesó la mente como un rayo: un templo en espiral, hecho de piedra viva. Voces cantando en una lengua ajena que, sin embargo, lograba entender.
Al mismo tiempo, una pulsación interior nacía, un latido, un eco. Y entonces…
…el musgo ya no tocaba su cuerpo.
Estaba flotando, apenas por encima del suelo. Pocos segundos después, el latido se hizo más penetrante; la energía se intensificaba y se expandía por su pecho, hasta que… una nota vibró con el cielo.
En lo alto, una nube se abrió. Muy lejos, entre constelaciones ocultas, alguien sintió su pulso.
Ella no lo sabía, pero acababa de gritar sin palabras su ubicación a los cielos.
Y los suyos… ya venían por ella.

